LA TARDE AQUELLA
Era una calurosa tarde de sábado de diciembre
de fines de los años setenta. Calurosa,
no agobiante. En aquel entonces, aunque
no lo crean, ese día era válido para organizar la fiesta de egresadas del
secundario de un colegio. Principios de
diciembre, con un cielo diáfano, sin una nube, lindo para una tarde de
pileta. Serían ya un poco menos de las
siete de la tarde o un poco más de las seis de la tarde con la Misa previa de
acción de gracias por las estudiantes que egresaban y por el fin de curso. Luego los asistentes o sea egresadas y
familias saldrían de la capilla al patio y al salón de actos. Las egresadas se prepararían en un patio
lateral para ingresar en estricta fila ordenadas por altura y encabezada por el
cuerpo de banderas. Al salón de actos se
lo conocía como “Ateneo” y estaba recién remodelado, conteniendo las butacas en
filas y reservadas a autoridades, docentes, egresadas y familias, y más sillas
por si acaso hubiera más invitados o autoinvitados. Tanta era la multitud que pronto el sitio
estaba desbordado, tanto que hasta parecía faltar el aire, situación que hizo
que se abrieran las puertas que daban a la calle y que permitían una leve
corriente de aire que fue aprovechada para el refresco de unos cuantos. Como en toda institución educativa que se
precie de tal y en este caso de tradicional prosapia en el barrio y la ciudad,
los actos comportan rituales, lo son cuando se conmemoran fechas patrias, pero
el acto de egresados implica otra cosa, es como una vidriera, como un
casamiento, un cumple de quince, se exhibe la familia y allegados con las
mejores galas cual desfile de modelos.
Se ve, se mira todo lo que usualmente durante el rutinario ciclo lectivo
no se ve, ni se asoma y que hace aguzar la vista y mover las lenguas, un tanto
viperinas o peperinas como diría mi padre.
Quienes eran esa tarde, aquella tarde, el
centro de la atención, pues les diré; una familia con tres hijas, alumnas del
colegio, todas ellas con abultadísimos promedios e integrantes del cuerpo de
banderas, cuyos padres, a su vez formaban una pareja joven, dinámica y muy
estéticamente coordinada. El padre,
rubio como las hijas, alto y corpulento cual Rock Hudson del conurbano sur,
ella, la madre una fina y bella señora, combinación de Elizabeth Taylor versión
“Ambiciones que matan” y Amelia Bence joven en “Danza del Fuego”. Irrumpieron en las instalaciones del
establecimiento y ocuparon de forma radiante casi todo el patio, parecían
iluminarlo, no solo ellos sino también toda la parentela colateral. El motivo:
el egreso de la hija primogénita y algo más.
Mientras las caravanas de familias atravesaban
también el patio cubierto rumbo al ateneo, otras alumnas circulaban por el
mismo lugar y las galerías vestidas de uniforme, aunque no eran las
egresadas. Algunas de ellas, alumnas de
cuarto año, que serian posibles integrantes del cuerpo de banderas entrante y
otras que fungían como acomodadoras, más otras que formaban parte del coro de
la institución. Cuando ya estaban todos
acomodados se dio inicio al acto con la entrada triunfal de egresadas y
directivos, se entonó el himno con apoyo del coro en el escenario y luego de
sendos discursos, se procedió a anunciar la composición del flamante cuerpo de
banderas. Al momento de nombrar a la nueva abanderada, resulto ser la hija del
medio del matrimonio en cuestión, del astro y la estrella auto percibidos, que
subieron y bajaron para cumplimentar el tramite de investir a la muchacha, como
si fueran reyes o príncipes, él tomándole la mano a ella para descender del
escenario, como Juan Carlos y Sofía, como Filip y Lilibeth, como Grace y
Rainiero, como Máxima y Guillermo, como Richard Burton y Liz Taylor
sobrios. Continuó la entrega de
diplomas, la actuación del coro y finalizó el acto. Ya era de noche, las luminarias del patio
cubierto estaban encendidas y toda la familia, los padres, las muchachas, los
abuelos, tíos, primos y demás deudos literalmente tomaron el espacio y
permanecieron un largo rato, mientras los otros asistentes se iban yendo. Entonces llegó el final apoteósico con el
grupo familiar brillando a full y posando como el clan Kennedy en Hyannis
Port. Pocos recordaran esa misma tarde a
ambos conyugues conjuntados en beige, él de saco y corbata haciendo juego y
ella con vestido del mismo color utilizado a fines de los 70 por las damas de
la clase media, caminando juntos o separados, con movimientos coordinados,
denotando una cercanía más allá de lo espacial, iluminados por el radiante sol
de un atardecer de verano o por las luces de un patio escolar ya caída la noche
de estío. Pero, al cabo de unos años,
luego del egreso de la última hija, la presencia de esta familia se desvaneció,
como el rosario de la aurora, nunca mas volvieron al colegio, nunca más nadie
los volvió a nombrar, nadie de los que quedan que presenciaron ese acto logra
hacer memoria de ellos, que cruzaron efímeramente un cielo de cartulina y papel
afiche tan caro a los fastos escolares de fin de año. Misterios que le dicen, no. Chi lo sa, diría mi madre.
Comentarios
Publicar un comentario