25 DE MAYO DE 1995

 

He pasado muchos 25 de mayo en mi vida, como integrante de una familia con cuatro generaciones dedicadas a la docencia como maestros y profesores,  siempre esa fecha patria tenía un aura especial, desde el horario rutinario de la escuela que se alteraba, el tener que llevar el uniforme en regla (siendo alumna) con escarapela obligatoria, que las  mas de las veces se caía (gran cosa hoy que tenemos los pines de la bandera y la escarapela), hasta los olores y sabores, como los pastelitos de dulce de membrillo de la escuela y el locro o asado en casa, que incluía los pastelitos que preparaba mi mamá para la ocasión.  También se agregaba el chocolate con facturas y churros y también el te con masitas secas, servidos al cuerpo docente, que para la ocasión lucían sus mejores galas, particularmente en mi infancia y adolescencia en las décadas del 70 y 80 del pasado siglo XX.  Cuando ya entrada la década del 90, siendo ya profesora en actividad, los actos se fueron acotando y las galas se quedaron en el ropero nomás y el horario de los actos era el final de la clase, o el medio del turno, dejándose de lado la asistencia en el mismo día que caía el feriado, porque algunos se corrían para el día lunes, aunque el movimiento de horarios fuera muy similar y me hiciera recordar esos tiempos pretéritos, el clima de los actos no varió la sensación de que se altera todo y el tiempo cambia es la misma

En el año 1995 hubo una excepción en el ámbito de provincia de Buenos Aires, la fecha patria caía un día jueves y los actos deberían celebrarse en los establecimientos educativos ese mismo día y el 26 de mayo que caía viernes nos daban el feriado compensatorio. Desde los años 70 no ocurría algo así.  Justamente en 1995 yo era la única docente activa de la familia, ya que mi mamá se había jubilado unos años antes, y mi hermana aún estudiaba para recibirse a fin del citado año. Esa mañana me dirigí al Instituto El Castillo de Lanús Oeste, en el cual prestaba servicio en aquel entonces.  Finalizado el acto formal, protocolar o solemne como decían algunas colegas con dejo de ironía, festejamos esa mañana fría charlando amenamente y consumiendo un rico chocolate caliente con facturas.  Ya cercano el mediodía nos fuimos retirando hacia nuestros hogares, en el caso del mío me esperaban con un exquisito locro casero que preparó mi mama, regado con un buen vino tinto, que dimos cuenta en familia.  Al finalizar el almuerzo típico, mi hermana y mi cuñado se retiraron para asistir al recital de Serrat, por lo tanto, mis sobrinos Florencia y Luca, niños en ese entonces, quedaron al cuidado de mis padres, como ya habían convenido.  El día estaba soleado y fresco, la tarde prometía ser hermosa.  Fue entonces que mi hermano Pablo le propuso a nuestros papis hacer junto con los chicos, en su auto que era un Fiat 147, un recorrido por la Capital.  Mis papis aceptaron y además me pidieron a mi si podía acompañarlos para darles una mano con los chicos.  Con el equipo de mate listo, los 6 pasajeros subimos al auto.  Iban adelante mi hermano manejando, al lado de él mi papá, y atrás mi mamá y yo con los chicos, encargándonos de cebar mate para todos, y para mi hermano en las paradas con semáforo.  A la ida tomamos la avenida H. Yrigoyen hasta la estación de Lanús, donde les mostré a mis sobrinos los colectivos que me llevaban al trabajo y el recorrido correspondiente “Este es el bondi que lleva a la tía al Castillo” exclamé.  Marcando hitos en el camino llegamos a Puerto Madero. Era la primera vez que visitaba esa zona.  Mi papá, mi hermano y los chicos fueron a recorrer la fragata Sarmiento, anclada en el muelle, mi mamá prefirió quedarse en el auto y me pidió que la acompañara, ya había viento y refrescaba, tampoco me atraía esa visita guiada.  Entonces ambas (madre e hija) nos dedicamos a observar a la gente paqueta que vivía en el recién inaugurado barrio, y a las veteranas oriundas de Barrio Norte cuyos nombres y apodos jugábamos a adivinar.  Cuando el resto de la familia volvió de la visita a la fragata, emprendimos el regreso, pero por otra ruta, recorriendo el oeste profundo del sur del conurbano bonaerense, como Valentín Alsina, Villa Caraza y Remedios de Escalada.  Finalmente llegamos a casa cuando ya empezaba a oscurecer, en esa tarde de otoño tardío lindante con el invierno.  Yo estaba feliz con esa salida tal es así que aún atesoro ese recuerdo de un 25 de mayo rutinario y especial a la vez, que disfruté en familia, riendo y compartiendo, del que ya pasaron 30 años.  Mis padres ya no están, mis sobrinos ya me hicieron tía abuela, mi hermano agregó dos sobrinos más, escribo esto para no dejar en el olvido la memoria de un lindo día en el sol brilló mucho más que otras veces, al menos para mí.

 

 

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