EL REINO DE LOS MUERTOS (2006)
A principios del año 2006, el fallecimiento de
mi mamá me llevó a tratar de plasmar el dolor por su ausencia en una gran novela
coral que nunca escribí ni escribiré salvo como guion de película, que tampoco
nunca filmaré. Llegué a borronear una
introducción sobre un recuerdo que tenía de mis padres y eso, nada más.
Es domingo, son las cuatro de la tarde más o
menos, está nublado, hace frío. Inexplicablemente estoy parada en la vereda de
mi casa, con ese clima y nadie en la calle.
Pero algo, alguien me retiene, quizá la tarde de domingo, el frío, el
recuerdo o la melancolía que se entrecruzan y esa trama me atraviesa y me obliga
a permanecer un rato allí. Vuelvo al interior de mi casa, pero sigo mirando a
través de la ventana, porque sigo retenida vaya a saber por que o quien o
quienes.
Quizá ese algo o ese que sea una automóvil de
marca alemana, que un hombre conduce con una mujer y unos nenes a bordo, cuatro
más exactamente. El hombre conduce por la calle paralela a la vía del tren y
entra por una plazoleta, a modo de juego y vuelve a salir a la calle dos
cuadras más adelante cerca del paso a nivel o sea la barrera. Es como una
especie de juego que dura hasta que el camino termina cuando se acaba el empedrado
justo frente a un terreno repleto de yuyos altos. El conductor dobla a la izquierda y vuelve a
la calle. El conductor es el padre de
los chicos y la acompañante es la madre.
La mayor de esos chicos, una nena intuye que esa rutina repetida es un
juego y por esa razón la tarde se vuelve entrañable, sin explicación. Ya no hay calle, si una plaza, a la que en un
día así no va nadie, regalándole un tono casi fantasmal. Quizá sea ella la que
me retiene, mañana cuando sea lunes, cuando los días pasen la imagen de mi
cabeza no se borrará.
Estaba así de nublado y frio el día que
enterramos a mi papá, diluviaba el día que enterramos a mi mamá.
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