HISTORIAS DE UN BANFIELD MISTERIOSO

 

Desde los primeros años de la década del 70 y hasta el final de la década del 80, viviendo en el oeste de Banfield, pasar al este de Banfield era una excursión en el real sentido de la palabra.  Por aquellos tiempos no estaban construidos los pasos bajo nivel de Malabia-Uriarte, de Vieytes-Rincón y de Larroque-Chacabuco.  Si en su lugar existían las barreras, o sea los pasos a nivel, ya bastante vetustos en aquel entonces.  Por lo tanto, Malabia-Uriarte, límite entre Remedios de Escalada (Lanús) y Banfield (Lomas de Zamora) poseía un paisaje distinto al que le conocemos al día de hoy, 2025.  Y porque cuento esto, ocurre que el este es zona comercial, con su arteria principal, la calle Maipú, paralela a Malabia, y continúa siéndolo.  No existían las cadenas de supermercados o mejor dicho, las que existían hoy extintas como Canguro, Satélite y Minimax no habían llegado a la zona, así que Por mera el reino de los comercios minoristas que aún se conservan, algunos, como tradicionales almacenes, panaderías, verdulerías y carnicerías de barrio, que solían denominarse despensas.  Como mi mamá, cuando era soltera vivió en el este de Banfield, en la esquina de Viamonte y Castro Barros, solía hacer las compras en una despensa sobre la calle Malabia, vereda de Escalada.  Luego de casarse con papá y mudarse al oeste, a la casa de Rodríguez Peña al 400, continuó haciendo las compras en dicho comercio, hasta fines de los 80 en que rumbeamos al Supercoop de Escalada hoy extinguido.   Los sábados a la tarde se iba a retirar la mercadería que previamente mamá había encargado pasando al almacenero por teléfono.  En el DKW de papá, que fue el medio de transporte de nuestra familia por un período de 12 años comprendidos entre 1966 y 1978, se atravesaba la siguiente ruta:  Vieytes, doblar en Alem, cruzar la barrera de Uriarte-Malabia y dos cuadras para llegar a destino.  Algunas veces se cambiaba el trayecto:  se cruzaba la barrera de Vieytes-Rincón y se doblaba a la izquierda en Arenales continuando hasta Malabia por dicha arteria, conocida por ser la más inundable de la zona.  Arenales es una calle vieja, de empedrado con aura de misterio por ser solitaria y poco transitada, y también porque se conservan algunas viejas casonas que milagrosamente no cayeron aún bajo la picota de la burbuja inmobiliaria que ha modificado mucho a Banfield con la construcción de altos y no tal altos edificios de departamentos, dúplex y demás habitáculos, pingue negocio que comenzó a mitad de los años 2000. Las tardes de otoño e invierno daban al lugar un aura especial, la iluminación de entonces, sin la tecnología de hoy en día, ayudaba a crear un clima especial, crepuscular, en particular en la esquina de Arenales y Castro Barros, en cuyo solar se alzaba hasta los tempranos años 80 una casona abandonada de imponente y espectral aspecto.  Aclaro que el terreno de esa esquina era enorme porque luego de la demolición de la misma se obtuvieron tres lotes que se vendieron para edificar casas bastante grandes.  Era casi un cuarto de manzana, rodeada de rejas oxidadas, una construcción de paredes blancas, con un cilindro de distribución que simulaba la torre de un castillo con borde de color rojo, simulando ladrillos, con grandes ventanales estilo vitral, con todos los vidrios rotos.  Pasar por ahí significaba experimentar una extraña sensación, mezcla de miedo, misterio e imaginación.  Por momentos la vista evocaba algunos grabados de paisajes típicos del romanticismo alemán con castillo en ruinas incluido, o a la escenografía de películas como “Cumbres borrascosas” o “Rebeca”, también me hace pensar en el cuento “La caída de la mansión Usher” de Edgar Allan Poe y su consecuente adaptación cinematográfica dirigida por Roger Corman y protagonizada por el inefable Vincent Price. En resumen, todo esto junto con un sonido de voces muertas.  Pasados muchos años, una tarde que conversaba con mi mamá acerca del Banfield del pasado siglo, ella me refirió la historia del misterioso solar.  Me contó que entre las décadas de 1940 y 1950 en la casona habitaba una familia de mucho dinero que todos los sábados por la noche celebraban fiestas impresionantes, por la calle se veían coches de lujo, mujeres vestidas de soirée, hombres de smoking, lo cual llamaba poderosamente la atención en un barrio que hoy sigue siendo una gran aldea. El motivo de semejante despliegue, cual prehistoria de la alfombra roja era un casino instalado en la misma mansión, imán que atraía a tan dorada multitud.  Todo este esplendor duró hasta que un día el dueño de la casa fue hallado muerto en misteriosas circunstancias, dentro del camarote de un barco.  Entonces las fiestas cesaron, la familia abandonó la casa raudamente dejando las ruinas de un tiempo glorioso.

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