LAS BODAS DE ORO

 

Esa mañana de domingo me levanté, desayuné, me bañé y me vestí y arreglé para la ocasión. Con mucho esmero preparé la pollera, la blusa, el chaleco, los zapatos nuevos, la mantilla y el tapado por si hacía frio afuera, porque el evento duraría desde el mediodía hasta la tarde noche.

La parroquia cumplía sus bodas de oro, y yo, profesora del colegio parroquial debía estar ahí, además la celebración prometía, vendría el Papa emérito, celebraría la Santa Misa tridentina, a pedido de los sobrevivientes de la primigenia junta parroquial. Luego habría un ágape, que incluía cerveza y vinitos importados del viejo continente. Llegué y subí las escalinatas de la entrada del templo parroquial, que era réplica de un templo del norte de Italia, que una feligresa había conocido y fotografiado durante un viaje para luego pasar la idea de su construcción al párroco de entonces.

Ya en el interior del templo observo caras conocidas, desfile de influyentes y también el viejo párroco aclamado por la feligresía. Me encontré con viejos amigos, vecinos de otra parroquia que solían frecuentarla.  Detalle a tener en cuenta, los cimientos originales del primitivo templo aún se conservaban.

Cuando terminó la Santa Misa siguió el besamanos al Pontífice emérito, hice la fila con la multitud y cumplí con el rito bajo el palio.  Al terminar la ceremonia me encontré con una maestra jubilada, hermana de un difunto profesor colega mío.  Sabía que ella y su familia eran miembros de la comunidad parroquial desde hace muchos años y me hace un comentario sobre el mural que está pintado en la pared de las escalinatas de ascenso al templo.  Me indica que este mural es una representación de los dioses aztecas, que fue hecho por un profesor de plástica del colegio parroquial quien quiso homenajear así a los pueblos originario del continente americano, señalándome un detalle:  la pintura del mural se está descascarando y eso que no hay humedad ahí, y nadie lo puede explicar.  Ella recordó que en aquel lugar, antes de las escalinatas, se ubicaban en la esquina del templo el confesionario:  -“Mirá que recuerdo bien ese rincón, cuándo éramos chicos con nuestros papis, acudíamos al sacramento de la penitencia”.

Me quedé pensando:  dioses aztecas en el lugar del perdón de los pecados y la penitencia, más claro imposible.  Pasó la fiesta, el Papa emérito se retiro y tras de él, poco a poco los asistentes.  Los últimos rayos del sol se van yendo, pero aun siendo invierno, la luz tarda en irse, es raro… Emprendo el camino de vuelta a casa, me encamino a la agencia de remises de la misma cuadra de la parroquia y el colegio, cuando la voz del vicedirector del colegio se escucha:  Te llevamos…

Me acerco a él que está junto a su esposa y justo en ese instante comienza a oscurecer, mientras abre el auto estacionado nos dice a ambas:  suban rápido porque hay que irse pronto, la noche se hace peligrosa acá.

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