LOS PROVEEDORES DEL CASTELAO
Que sería de un bar sin sus proveedores, y que
sería el Castelao, ahora en su deriva gourmet de bar, confitería, restó y
pastelería. Pues entonces nos abocaremos
a contar la historia de los principales proveedores del Castelao: La Real Lunch Confitería, de Banfield. En la calle Chacabuco al 600, entre Levalle y
Palacios, a las puertas del Banfield este profundo, que no es el Banfield oeste
del barrio inglés y la casa de Sandro, se yergue este local que hace un tiempo
está cerrado…pero que sigue proveyendo al Castelao de las exquisiteces diarias.
A simple vista el local es el de muchas panaderías de barrio, la pared
recubierta de ladrillos pintados de marrón con una marquesina que indica el
rubro del comercio más un cartel al que le faltan letras sobre la vereda como
el indicador de una estación de servicio.
La puerta es de madera marrón oscura, cubierta por una reja del mismo
color, da la impresión de estar abierto y atendiendo al público, pero no es
así. Cerró hace algún tiempo, pero la
dueña sigue viviendo en la trastienda y en la misma siguen trabajando, ocurre
que la señora se cansó de atender a los vecinos y delegó la venta del pan
diario en una panadería de la otra cuadra.
La señora y su finado esposo compraron en los años 80 el fondo de
comercio de una antigua panadería y la remozaron, le agregaron el servicio de
lunch y tuvieron mucha clientela y pedidos, a principios de los dos mil con la
muerte del conyugue dueño y con los hijos ocupados en otras actividades, el
prestigio del negocio cayo un poco, además la viuda era un tanto remisa a
modernizarse, cuestión que aceptó un poco a regañadientes por consejo de una de
las empleadas que aportó conocimientos de las nuevas corrientes de la
pastelería. Pero el tiempo y la vida
quitaron a la venerable anciana las ganas de socializar y se decidió por cerrar
el local a la calle, pero mantener, con remozamiento incluido una factoría de
cosas ricas por consejo del nuevo dueño del Castelao, que conocía la
vinculación de esta gente con sus antepasados desde la década de los 60. Tan
ricas las especialidades que elaboraban que María, la escriba misteriosa, un
día pasó por la puerta del lugar, y como la Madeleine de Proust, le despertó algunos
recuerdos de infancia, ya que siendo chica con su familia solía frecuentar la
zona, además, el color marrón oscuro de la madera de la puerta daba aspecto de
lugar que “guarda secretos”. Un día
finalmente se acercó al lugar, caminó desde la estación hasta esa cuadra que
forma parte de ese mundo ignoto del Banfield Este profundo, zona que habitaron
su madre y su abuela paterna, el fondo como ellas solían decir. Bien, al llegar, María comprobó que la
confitería estaba cerrada desde hacía bastante, cuando se acercó vio el cartel
adentro, tocó el timbre y salió una anciana de pelo blanco y ropa oscura, que
le dijo que el negocio estaba cerrado, ella le contestó que le habían
recomendado y por eso se acercó y la anciana contestó que sería la panadería de
la otra cuadra, de la calle Palacios.
María se volvió, no sin antes mirar detenidamente el interior del local,
con sus estanterías vacías, de color marrón claro y marrón oscuro, con un
espejo de fondo, que daba la impresión de que más que una confitería era una
sala de velatorios, también colgaba un papel blanco con los precios del pan, típico
de todas las panaderías. Al ver todo
esto María se sintió transportada al cementerio de la Chacarita. Quizá por la oscuridad y el vacío. Volvió sobre sus pasos y emprendió el
regreso, había develado otro secreto.
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